domingo 2 de marzo de 2008

Ella, maldita sea

Tenía hambre pero ¿qué podía hacer? Hasta que ella llegara no habría nada que echarse a la boca.
Esperó y esperó y ella no llegaba.
Ansioso, se asomó por la ventana pero nada vio, solo la lluvia y el viento que arañaban el cristal. Algún que otro transeúnte maldecía en voz baja lo oportuno del día. Y él en la ventana.
Pasó un tiempo, quizá una hora o dos, no sabía bien.
¿Dónde se habrá metido? Se preguntaba sin hallar respuesta. ¿Le habrá pasado algo? No, no puede ser. Debería haber llegado ya, ¿o no? ¿Qué hora es?
Era capaz de percibir las manillas del reloj en su alma. Tic, tac, tic, tac, tic, tac….
Su estómago empezó a hablarle; él comenzó a preocuparse de verdad.
Volvió a mirar por la ventana. Nada. Nadie. El viento. La lluvia.
Se acostó un rato; le despertó la música del ascensor. No, no era ella; tal vez el vecino.
Tal vez había sufrido un aparatoso accidente; o se había encontrado con un antiguo amigo y a saber qué; o tal vez fue a visitar a su abuela; no se sabe; o su jefe la retiene en el despacho; o se ha perdido en la ciudad; o está cansada de mí y ya nunca más volverá; o…
Nervios, odio, rencor, preocupación, dolor, soledad, celos… todo se agolpaba en su pecho.
Las llaves. Alguien entra. ¿Es ella?
Profunda ansiedad.
Allí estaba. Cogió la correa y pronunció aquello que tanto deseaba oír:
- Vamos Elvis, nos toca calle.